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La Coctelera

A LA SOMBRA DEL OLMO VIEJO

Allí descansa toda mi obra, todo mi pensamiento, todo mi espíritu, todo mi Ser.

Categoría: Trabajos literareos

22 Enero 2006

DIARIO DE UN BICICLETO

DIARIO DE UN BICICLETO

Ciertamente, es tarde para escribir este Diario y por otro lado ya tengo el Diario de Aprendizaje de proyecto, pero como diría el personaje de Luisa Martín en <
>, <>.

Afortunadamente, yo tengo un portátil y una mesa que Ernesto no tenía en su periplo por Latinoamérica, precisamente unas asignaturas antes de acabar su carrera de Medicina.

Es curioso, lo fácil que es hacer un discurso sobre la Discapacidad desde la comodidad de una casa de 120 metros y con dos carreras. Pero al igual que Ernesto, mi intención también es buena y al igual que él me doy cuenta de que las condiciones objetivas igualan e incluso superan las premisas subjetivas de mi discurso. Lo que corrobora el refrán de mi Tierra que dice: <>.

Muchas son las carencias que he detectado en el colectivo de personas con Discapacidad de Burgos:

 Falta de auto estima.
 Resignación y pasividad.
 Clasismo.

Pero ante todo precariedad, mucha precariedad, económica y humana. Quizás el
Sr. Tremiño, el Sr. Romañach o todos los señores (principalmente varones) trajeados quieran explicar a Maria Luisa porque sus vecinos/as lo han roto tres veces su bicicleta, o porque tiene que trabajar montando tornillos < >, o porque se come un huevo frito mientras ellos comen canapés a su salud mientras manejan miles de euros que no van a contribuir en nada a mejorar la vida de Maria Luisa.

O quizás sean los/as señores/as de ASPACE (empezando por APACE Burgos) los que quieran explicar a Fernando porque su madre le trata como a un mueble abandonado con su complicidad y su consiguiente lucro (aunque solo sea en infraestructuras).

En fin, nunca e deseado con tantas fuerzas equivocarme, cambiar el discurso reinvindicativo por el placer de disfrutar de la vida. Pero como dice Otegui <>. Y es que realmente a las personas con Discapacidad de Burgos también <>

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5 Enero 2006

DIEZ DIAS

DIEZ DÍAS

El teléfono de Pablo sonó por enésima vez en ese día, esta vez era su editor, metiéndole prisa para acabar esa novela inacabada. Le echó un discurso sobre la profesionalidad, sobre que esto era un trabajo y sobre que no estaban ahí para perder dinero. Pablo oyó, que no escuchó, el rapapolvo prefabricado de su editor, lo contabilizó intelectualmente como gasto mantenimiento. Al acabar, colgó, fue al frigorífico, cogió un Red Bull y volvió a sentarse en el ordenador.

En un último intento de hacer algo ese día, puso el <>, quería estar solo pero tampoco quería prescindir de la frescura que entraba por las ventanas de las diferentes conversaciones, al menos de algunas, las que él quisiera. Pero sobretodo tenía la vana esperanza de que ella apareciera. Miró su libro de notas, hizo de algunos apuntes más y se dispuso a escribir la que sería su “gran novela”.

Cuando se dispuso a reanudar el capítulo IV de su novela con una brillante y original idea, el Messenger emitió un gracioso sonido y se abrió una ventana en su pantalla. Era su amiga Ana. De ser otra persona, no hubiese contestado pero sentía la necesidad de sus sabios consejos tranquilizadores.

- Buenas –escribió Pablo-.
- Hola Pablo, ¿Qué tal?.
- Bien, aquí cansado y atascado.
- Me parece que ya se lo que necesitas, creo –escribió Ana-
- ¿El qué? – preguntó Pablo con curiosidad –
- Meterte ermitaño unos días, Escribir y pensar.
- Pues no es mala idea -escribió Pablo -.
- Pues quédate en mi casa del pueblo, así me la cuidas.
- De acuerdo.
- Vale mañana quedamos.
Al día siguiente Ana le enseñó la casa, era una entrañable casa de pueblo,
perfecta para escribir. Al ver el saloncillo de la entrada, Pablo pensó que tenía todo lo necesario: una buena chimenea, una austera mesa de madera con dos sillas igual de austeras, un fogón de gas para calentar los litros y litros de café que necesitaría para escribir de noche en absoluto silencio y un enchufe para su ordenador portátil. Para colmo de perfección, en aquel valle no había cobertura sólo un viejo teléfono fijo para urgencias.

- Pues bueno, esto es. –dijo Ana a Pablo alargando los brazos -.
- Perfecto, justo lo que necesitaba. Muchas gracias, si te tengo que pagar algo….
- ¡No por Dios!, si me haces un favor, me mantienes la casa limpia y caliente – dijo Ana -.
Ana ya salía, cuando Pablo la dijo:
- ¡Oye!, solo un favor más.
- Si, dime.
- Encargaté tu de esto – la dijo Pablo mientras la lanzaba el móvil -. Ah! Y de esto - la dijo dándola la agenda-.
- ¿Qué hago con esto? –Dijo Ana-.
- Guardarlo en el primer cajón que encuentres, ya está todo el mundo avisado – contestó Pablo -.

Sin más se despidieron. Pablo tenía tan solo diez días para acabar su novela, así
que sin dilación empezó a escribir, no sin antes encender una pequeña lámpara que situó en la rústica mesa de madera junto al ordenador portátil con un viejo ladrón de tres tomas. Conectada al portátil su inseparable memoria extraíble.

En aquel momento, pensó como se sentiría Mozart componiendo su <> por encargo y contra reloj. Inspirado por esa idea, se sentó en su teclado, con su cuaderno de notas al lado y empezó a “componer” su <>.

Poco a poco, Alberto, el personaje de la novela de Pablo, iba tomando forma más consistentemente. De la cabeza de Pablo iban surgiendo ideas, pensamientos, razonamientos que ponía en boca de Alberto, como hace un ventrílocuo con su muñeco.

Al final del capítulo IV, el personaje tierno y bonachón, ya empezó a agriarse, todos sus mecanismos de defensa emocional se activaron y la ironía se convirtió en su característica fundamental del personaje. Lo que iba a ser una idílica historia de amor y convivencia se convirtió en un catálogo de formas de hipocresía humana muy variadas.

En el capítulo V, el personaje de Alberto ya había superado el cinismo del personaje encasillado en ese roll desde el principio, el personaje de Rober. El resto de personajes se iban desfigurando quedando para Alberto cada vez más y más espacio.

En el capítulo VI, es Alberto quien se retira a una especie de cueva solo con sus pensamientos. De esa forma, la novela da un giro de 360 grados y convierte a Alberto en protagonista dejando a Amina (la anterior protagonista) en un segundo plano. Esto dio paso a un monólogo interior del personaje de Alberto.

Al principio, el personaje cuestiona sus actuaciones con el resto de personajes de la novela, con la machacona idea de que Rosa, una de los personajes se está riendo de él, le está manipulando y se tiene que vengar de ella como sea. Toda su rabia se canaliza en esa idea.

Pero su paranoia sigue pensando que alguien había puesto ahí a esa persona para amargarle los pocos momentos de felicidad que tenía. ¿Pero quien?, esta pregunta inició su debacle de paranoia misticista.

¿Quién la había puesto allí?. Alberto era agnóstico, al igual que su “creador”, curiosa paradoja teniendo en cuenta los pensamientos que ocupaban en estos momentos la cabeza de Alberto:
- No puede ser que todo el mundo que me rodea tenga un rol tan marcado
pensó Alberto atusándose la barba que ya le había salido desde que estaba en aquella cueva -. ¡Si! Un escritor de vidas. No puede ser, estoy delirando, ¿un escritor de vidas? ¡Que idea más absurda!, sería como creer en un Dios que todo lo puede y todo lo escribe y yo no puedo aceptar esa idea sin más ni más, necesito pruebas. Pero ¿como encuentro pruebas de la existencia de semejante personaje?.

¡Un momento!, ¡ eso es!, haría algo que él conscientemente quisiera hacer. De
este modo si podía hacer lo que él quería, se convencería de que todo había sido un ofuscamiento de su mente, pediría perdón a la gente que había dañado y acto seguido iría a visitar a un psicólogo para ver exactamente que le había sucedido. Pero, ¿como hacer algo conscientemente cuando se supone que todo estaba escrito?. ¡Dios!, había caído el solo en la trampa del debate filosófico del destino y la libertad, ¿como resolvería una incógnita que el Ser Humano llevaba siglos debatiendo sin llegar a una conclusión factible? La cuestión era, ¿cómo estar seguro de que lo que hace era realmente su voluntad? ¡Ya estaba!, haría lo contrario a lo que su mente pensase, así engañaría a su creador. Pero… ¿Qué pasaría si es creador tuviese otro creador, y ese otro y ese otro y así hasta el infinito?, ¡joder!, ¿Dónde pararía eso? ¿Quien sería el creador primigenio? Otra cosa, ¿porqué hablaba en masculino cuando la figura creadora por excelencia era la femenina?

¡Basta ya! (que poco me gusta esta expresión por cierto), me voy a volver totalmente loco, habrá que hacer algo, vamos a ver quien eres, voy a ser más listo que tu, te voy a descubrir, si es que existes.

En el capítulo VI, Alberto decide caminar hacia la entrada de la puerta con todos sus bártulos, ocupando su mente con recuerdos de sus seres queridos: El abuelo Evaristo, de Vero, de Rosa, de Rober y como no las recién llegadas Amina y su niña Minyna, como estarían por cierto, nada más llegar desde Nigeria a él le da una “ventolera” y se va a vivir a una cueva.

Ocupado estaba Alberto en estos pensamientos, cuando al un poco más allá su subconsciente divisó una cueva. Sus pensamientos seguían puestos en el reencuentro con su gente, en el afeitado, en la ducha que se tendría que dar, en la manicura y en que tendría que llamar a su amiga Jennifer para que le aconsejase un nuevo corte de pelo.

A una señal de su subconsciente, Alberto intentó cambiar el paso y dirigirse a la cueva cercana. En aquel momento, algo le impidió mover las piernas, aunque con un esfuerzo sobrehumano consiguió dar varios pasos, momento en el cual tropezó con una roca que segundos antes juraría que no estaba allí. Lentamente, se levantó y siguió hacia la cueva, pero para su estupor, aquella cueva ya no estaba allí y la montaña se fue transformando en un muro gigantesco, se dio la vuelta y el campo se había convertido en desierto y los pinares y las encinas olivos.

Con mucho esfuerzo, caminó hasta un pajar abandonado entre casas en ruinas y allí se sentó entre pajas extasiado. A su alrededor solo se oía de vez en cuando ruidos de tanques, tanquetas y camiones. Alberto, miró para asegurarse de que no había nadie y empezó a hablar de nuevo “solo” pero esta vez dirigiéndose a su creador, el cual ya le había evidenciado su presencia.

- Está bien, ya se que existes, ahora todo está más claro. Pero…¿quién eres?

Eran las cuatro de la mañana, no había ni un sonido a kilómetros a la redonda si
acaso el de los grillos del monte. Pablo había tomado ya una cafetera entera y decidió estirar las piernas y parar unos minutos, lo que acababa de sucederle lo merecía. Lo que había pasado no podía ser verdad, era como si sus dedos no respondieran a su cerebro al pulsar el teclado de su portátil por unos instantes. En fin, las Diositas –pensó -; pero…un momento, ¿de donde había sacado esa expresión? Bueno, tendría que seguir escribiendo, su editor quería el libro para dentro de cinco días.

Nada más volver a sentarse en el teclado volvió a sentir esa extraña sensación de falta de control de sus manos que intentaba dominar, hasta que ya harto de ello, decidió dejarse llevar, abrió un nuevo documento de word y dejó que sus manos se expresasen libremente.

- Está bien, ya se que existes, ahora todo está más claro. Pero…¿quién eres? – escribió instintivamente -.

- Me llamo Pablo, soy escritor ¿tu quien eres? –Escribió Pablo, esta vez conscientemente -.

- Yo soy Alberto, debo ser un personaje tuyo y por lo que puede intuir tengo mucho de ti ya que tú te expresas a través de mí.

- Está bien, supongamos que eres Alberto y no eres una alucinación provocada por tantos días sin dormir. ¿Qué quieres de mi? –dijo Pablo sorprendiéndose de la locura que estaba haciendo -.

- Que me contestes unas preguntas –contestó Alberto -.

- Dispara, te escucho, siempre he estado abierto a las críticas – escribió Pablo -

- En primer lugar, ¿quién es Rosa?, ¿Por qué me siento atraído por ella cuando
se supone que es una persona tan superficial? – preguntó Alberto -.

- No se porque me esperaba esa pregunta mira tú – contestó Pablo con una sonrisa socarrona – Rosa, se supone que es tu ideal imposible de Mujer, tu Diosita –contestó Pablo, pensando otra vez de donde habría sacado el término <>.

- Aja, - contestó Alberto -. Bien, ahora encaja todo un poco más y tu has puesto a Vero como contra peso de Rosa ¿no?.

- Efectivamente. Se supone que ella iba a enseñarte lo que era el verdadero amor con una Mujer de verdad y no con un ideal irreal – aclaró Pablo -.

- Y Rober es la conciencia crítica que me advierto de lo oscura y cruda que es la vida –aventuró Alberto -.

- ¡Bingo! –le contestó Pablo – Digamos que es el que te da los sopapos para que te despiertes de tu idílica visión.

- Ok, ok. – dijo Alberto mesándose la barba – ¿Y el abuelo Evaristo?. No, no, a ver si adivino. Es la sabia conciencia que me dice el camino a seguir ¿puede ser?.

- Oye, ¿cómo se titula el libro? –preguntó Alberto sabedor, aunque no sabía muy bien porqué, de que le estaba tendiendo una trampa a su creador-.

- <> -contestó Pablo viendo de inmediato la trampa en la que había caído -.

- ¿Y que pinto yo aquí?, ¿no es ella el personaje principal? – dijo Alberto rematando su faena -.

- Tienes razón, por eso me he atascado con el libro. Me he desviado del tema principal y luego no he sabido como volver a retomarlo –contestó Pablo haciéndose esa autocrítica -.

- De acuerdo - contestó Alberto – una última pregunta. ¿Tu no tienes un creador?

- Si, mi padre y mi madre –contestó Pablo riéndose -.

- Entonces, ¿como es que usas el término Diositas?

Pablo palideció y le entraron sudores fríos. Apagó rápidamente se portátil y fue a
ver si lograba dormir un poco.

A los cinco días, el libro ya estaba en la editorial, listo para corregir, enmaquetar e imprimir. El libro se llama <>. Y en la cabeza de Pablo siempre habría una duda existencial, ¿sería él el personaje de otra novela?

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11 Noviembre 2005

RECUERDOS


RECUERDOS

Tumbado antes de dormirse aquella noche José Rodríguez pensaba en su último encuentro con Jessica.

Fue en el restaurante italiano de su barrio, Luilli les había reservado mesa un día antes, sabía lo importante que era para él aquella cita y como buen amigo lo había preparado todo al detalle.

Ella estaba preciosa, se había hecho ese recogido en el pelo que hacía a su sobrina y que tanto le gustaba, ambos bromearon sobre ello y rieron con casi infantil despreocupación.

Durante la comida intercambiaban miradas cómplices. Para José, el mundo se podía parar allí mismo. Sabía que con esa mujer a su lado, todo podía ser posible, se sabia capaz de de todo, se enfrentaría a todo en la vida si ella estaba a su lado. El simple recuerdo de su mano blanca, casi pálida y de formas finas como la de una pianista, rozando su hombro ya le daba tranquilidad, era como estar seguro, como si su verdadero hogar estaría donde ella estaría.

Aquella noche hablaron y hablaron sin parar. Ella le habló de su vida, de cómo la había impactado esa ciudad y de lo difícil que la resultó hacer amistades en ella. Él, entre risas la decía que no se preocupara que al final la gente se abría y que entonces ya tendría amigos y amigas para toda la vida. Mientras decía esto último, notaba como él mismo era un claro ejemplo de ello, a él ya le había conquistado y estaba seguro que el la ciudad entera no tardaría en abrir sus puertas para ella, el “asedio” de ternura no duraría mucho y pronto sucumbiría hasta el último torreón de la ciudad.

La cena fue estupenda, una cena especial, no tanto por la comida en sí misma como por los recuerdos que se fundieron con cada plato, con cada bocado, con cada sorbo de Lambrusco. Tan buena fue la cena, que aquella noche la repitió sólo para recordar aquellos momentos.

Mientras comían unos palitos de pan de entrante para acompañar la primera copa de vino, conversaron sobre la familia. Ella le dijo que no terminaba de entender como había personas que se llevaban mal con su familia ya que ella tenía muy buena relación. Recordaba como a veces merendaba en la trastienda de la carnicería de sus padres, recordó la hospitalidad de su madre y el olor a horno de leña las tardes de invierno. Él imaginaba la escena y pensaba lo afortunada que era la gente que podía compartir aquellas tardes con ella.

Luego, Luilli les trajo los espaguetis boloñesa y pronto la conversación fue derivando a una discusión filosófica sobre el amor y lo que ella llamaba <>. Él defendía la coexistencia de un amor pausado, basado en el cariño y el respeto mutuos, con otros amores que le diesen a la persona esa <> que él llamaba enamoramiento y que de modo científico le calculaba una duración media de entre tres a seis meses. Ella sin embargo, defendía que sin esa <> previa no podría existir el amor, que era absurdo y dañino plantearse una relación así.

En esta tesitura estaban, cuando Luilli llegó con los postres, un tiramisú para él y para ella un sorbete de limón al cava para intentar rebajar la comida. Aquí la conversación entró de refilón en temas políticos. Ella defendía que no quería ningún “trapo” en su vida, que se sentía ciudadana del mundo, que no entendía el significado de las banderas, que ella sólo quería pasar por la vida sin pisar a nadie, sin que nadie la pisase a ser posible y haciendo bien a la gente. Él, la intentó explicar que detrás de lo que ella llamaba “trapos” había un Pueblo, con un sentimiento de identidad y con una forma de ser y de construirse que había que respetar, porque sino sería muy aburrido ser todo el mundo igual. Pero, en el fondo, él creía que lo realmente importante, lo que debía guiar a toda la humanidad era lo que ella decía, antes que cualquier identidad; en realidad, ambos discursos eran compatibles e incluso complementarios.

Ya en los cafés, hablaron de lo que significaba la espiritualidad para ambos. Ella, le explicó que creía en el destino, que tenía que haber algo más, que a veces sentía cosas muy suyas que nadie podía explicar pero que estaban allí y la daban calma, tranquilidad. Él sintió que según lo explicaba le transmitía esa misma tranquilidad y le daba rabia que su racionalidad no le permitiese vivir eso que ella le transmitía, pero lo respetaba profundamente y estaba dispuesto a aprender sentirlo, aunque se temía que eso no se podía aprender, al menos no como a él le habían enseñado a aprender.

Con estos pensamientos, José se durmió, le esperaba un día duro. A la mañana siguiente, unos amigos le esperaban para dar un corto paseo y ya estaban allí. José se dio los últimos retoques en el espejo y pensó que no le convencía el color tan llamativo de ese traje, pero ya no le daba tiempo a cambiarse de ropa.

Durante el paseo, la gente le saludaba a su paso y él les dedicaba su mejor sonrisa, sabía que hoy la iba a ver. Uno de los amigos, no paraba de darle consejos para intentar consolarle, pero él pensó que a ella también le resultaría pesado, se lo agradeció y le dijo que por favor se callase que él sabía bien cual era la solución al problema.

El paseo terminó y allí estaba ella con el recogido que la hacía a su sobrina por las mañana le sonrió y le saludó. Sintió de nuevo que se podía enfrentar a todo, incluso a esto. Apenas escuchó el teléfono que sonaba y las indicaciones que se daban a su alrededor. La miró de nuevo y la tranquilidad le fue invadiendo poco a poco, aquella imagen nadie se la podía quitar. Cerró los ojos, recordó su cara y su sonrisa por última vez y sonrió. Al fin había aprendido como se aprendía a sentir…….

Diez años después, Jessica Mcdowell, amiga de José Rodríguez, consiguió probar que era inocente de los cargos que se le imputaron y que la única razón de su ejecución fue por motivos políticos. Lo único que consiguió fue una disculpa.

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11 Noviembre 2005

ASÍ HABLÓ AMINA

<>

Víctor Villar Epifanio

INTRODUCCIÓN:
En primer lugar, quiero dejar claro que este texto está hecho con el mayor respeto al ámbito de decisión de la Mujer, ni mucho menos abanderar su lucha, sino poner mi granito de arena paralelo como hombre. Al igual que muchos otros hombres, como el psicólogo Luís Bonino Méndez, Director del Centro de Estudios de la Condición Masculina, yo creo que <>.

Estas páginas sólo pretenden ser visión autocrítica de los pilares filosóficos, religiosos y políticos básicos que han sustentado el sistema masculino de cosas. Este recorrido va, desde la “costilla” de Adan de la tradición judeo-cristiana al ateismo nihilista y misógino de Nietzche.

Bienvenidas/os a este imaginario viaje a de Amina por el pensamiento occidental que sentó las bases de los Estados modernos, mediante su reflexión y el diálogo con distintas gentes que va encontrando. Junto al personaje del abuelo Evaristo, dos personajes desahuciados por la vida, pero que siempre encuentran un <> esencial que les empuja a seguir viviendo.

Esta es la sátira de la sátira, la crítica de la nueva moral relativista a la amoralidad aparentemente vacía de principios, que en el fondo esconde una moral en sí misma.

Así mismo, aquí se cuestiona la lógica de la razón como suprema Diosa de toda actividad humana tal y como la ensalzaron los enciclopedistas franceses, cuya expresión última y la más inhumana fue <> y la deshumanización que conlleva, permitiendo así cualquier clase de atrocidades en nombre de un sistema y/o un ideal concreto.

Aquí intento decir que el camino absolutamente correcto no existe, a veces las apariencias nos dan sorpresas que nos hace replantearnos los esquemas. Os invito a leer este libro sin esquemas preestablecidos.

Esto que tenéis en las manos iba a ser un ensayo, pero por capricho mío y de las hadas y Diositas se ha convertido en una novela. He caído en esa tentación que tiene todo/a científico/a social de poner vida, voz y trama a sus ideas. Porque en el fondo somos más artitas de lo humano que científicos/as de lo social.

Así que, copiando a mi compañero de carrera Fran en uno de sus de relatos cortos: < >. Amina os espera.

NOTA DEL AUTOR

Dice el grupo de <> en la introducción a una de las canciones de su último disco que: <>. Esta idea me pareció muy necesaria en nuestro tiempo, la idea de pararse y disfrutar con lo más primario lo que más cerca tenemos, dejando las nuevas tecnologías en su lugar y recuperando esa comunión con la naturaleza y la sencillez que tanto falta hace para no perder el rumbo.

Por ese motivo, os invito a hacer un experimento socio-cultural para hacer disfrutar a la vista y al oído al mismo tiempo, complementariamente de un forma creativa y no dirigida ni mediatizada. Para realizar dicho experimento, me tomo la libertad de recomendar una música para acompañar esta novela, música que yo mismo he escuchado escribiéndola y en la cual me he inspirado de una u otra manera. Dicha música es la siguiente:

- <> de Ismaél Lo. Especialmente los temas <> y <>.
- <> de Joan Manuel Serrat.
- <> de Joan Manuel Serrat.
- <> de La Musgaña.
- <> de Ismaél Serrano.

CAPÍTULO I: <>

Después de largos trámites, por fin consiguió nuestra amiga Amina su viajar a Europa para intentar obtener el estatuto de refugiada política. Nunca podría devolver toda la ayuda que aquella asociación de defensa de la Mujer hizo por ella, se sentía aliviada en pocas horas su pesadilla habría terminado para ella y para su pequeña, Miniya. Ella nunca viviría ese infierno, conservaría su clítoris, conocería el amor y disfrutaría de la libertad que a ella se la negó.

Aquella noche apenas durmió. No paraba de dar vueltas y vueltas en el camastro. Su mente se llenaba de ideas preconcebidas, de ideales de una tierra prometida, paraísos lejanos e idealizados. Se veía a ella misma comiendo tres veces al día, en su propia casa; pero sobre todo libre y tranquila. Soñaba, aún con los ojos abiertos, con poder mirar a los ojos a todo el mundo, poder hablar libremente sin temor a ser maltratada ni humillada; soñaba con disponer libremente de su tiempo y de su cuerpo, ser ella la que decidiera como y cuando disfrutar de su cuerpo y como, cuando y de quien enamorarse (aunque fuese guiada por la imagen idealizada de “amor” como <>).

Al alba, las enviadas de la Asociación recogieron a Amina y a Miniya, a la salida del poblado las esperaban algunas Mujeres querían darlas el último adiós antes de dejar de verlas seguramente para siempre.

Casi ceremonialmente y una a una Amina se fue despidiendo de sus amigas, las que la vieron sufrir, llorar y luchar por ella y por su hija. Al llegar a su amiga Abira, la más anciana del poblado se paró a conversar:
- No mires atrás, ni desandes lo andado. Que las Diosas de la madre naturaleza te acompañen allá donde estés a ti y a tu niña –dijo Abira acariciando la cara de Amina y el pelo de Miniya-.

- Así lo haré, las Diosas no me han traído aquí pera dejarme desfallecer ahora –contestó Amina, cogiendo la mano de la anciana-.

- No te equivoques mi niña, este es sólo el comienzo –replicó Abira-. Otros dolores vendrán y tendrás que aguantar el sufrimiento. No te dejes engañar por falsos oasis de paz, hay otros peligros ahí fuera. Toma – dijo mientras sacaba un medallón de su zurrón- que esto te haga recordar mis palabras y tus sufrimientos.

- Y ¿para que quiero recordarlos? – preguntó Amina con extrañeza -.

- Para saber que este es un camino hacia delante, hija – sentenció Abira mientras colocaba el colgante en el cuello de Amina -.

- Bueno, llegó la hora – dijo Amina abrazando a Abira -. Siempre os recordaré a todas.

Por las mejillas de Amina rodaron lágrimas, que aunque intentaba secar
rápidamente con el dorso de su mano no paraban de fluir. En ese momento, Rosa, una de las Mujeres de la Asociación que se había encargado del papeleo se acercó a Amina.

- Amina, nos tenemos que ir – dijo Rosa, con traducción simultánea de la guía y traductora, mientras cogía por los hombros a Amina -.

Segundos más tarde, todo se volvió confuso. Las hélices de un
helicóptero ya resonaban cada vez más y más fuertes. De repente un remolino de arena nubló todo obligando a las Mujeres a protegerse la cara y los ojos con sus ropas. Rosa, con su cabeza de melena rubia rizada agachada, guió a Amina al interior del helicóptero, inclinándola suavemente la cabeza con uno de sus brazos e intentando en vano proteger a ambas con su otro brazo de la ventisca de arena. Mientras, Abbie, la guía y traductora cogió a Miniya en brazos introduciéndola en el helicóptero rápidamente.

Una vez acomodadas todas dentro, el aparato modelo <> comenzó a elevarse y Amina miró por la ventanilla como sus amigas se hacían más y más pequeñas y lejanas mientras ella se elevaba a lo desconocido. Cuando ya apenas podía ver a las Mujeres, Amina alzó la mirada y mió como hasta el sol de Minna salía a despedirse de ella con sus primeros rallos. Las chozas empezaban a ser iluminadas y las gentes comenzaban a hacer sus quehaceres cotidianos. Los recuerdos de su infancia se amontonaban en su cabeza y atenazaban su corazón de tal manera que pareció sentir un ataque de ansiedad.

A las 8:00h. llegaban al aeropuerto de Abuja. La pena y la nostalgia dio
paso a la inquietud y al miedo en el corazón de Amina.

Allí las esperaba, Carmen, una alta funcionaria del la embajada española en Nigeria.

- Buenos días – dijo Carmen estrechando la mano de todas -. ¿Ellas son? –preguntó a Rosa dirigiendo la mirada a Amina y a Miniya -.

- Sí, - dijo Rosa al tiempo que corrían hacia el interior del aeropuerto y se quitaba las gafas de sol dejando ver sus ojos claros -.

- Me llamo Carmen – dijo dirigiéndose a Amina -.Soy la encarga de su caso. Yo soy la persona a la que se deben dirigir en el caso de tener problemas burocráticos. Esta es mi tarjeta – extiende la mano, acerca una tarjeta a Amina y otra a Rosa y prosigue -. Desde el momento en que suban al avión estarán en territorio español y por lo tanto estarán bajo la protección de nuestro Gobierno, yo me encargaré de todo lo demás. Bienvenidas y buena suerte.

CAPITULO II: DE LA LLEGADA A LA TIERRA PROMETIDA:

Ya en el avión, Amina descansó aliviada por fin. Miró a Miniya, estaba tranquila, jugando con Abbie en los asientos de delante. Rosa, al lado de ella, revisaba documentación oficial; la carta de invitación compulsada, la formalización del aval para los días en los cuales ganarían tiempo para regularizar su situación y demás papeleo oficial. Al sentir la mirada de Amina, Rosa hizo una pausa breve para dedicarla una sonrisa cansada aunque tranquilizadora.

Amina, por primera vez en muchos años se sentía tranquila, protegida. Por fin sintió que podía soltar las riendas y relajarse al menos por ahora. Apretó el amuleto que la había dado su amiga Abira y recostó la cabeza en el asiento. Notó como todos sus músculos se relajaban lentamente y sus párpados se la iban cerrando, mientras su cuello se ladeaba del lado de la ventanilla del avión.

[Amanecía en la aldea, una niña daba un paseo. El aire era limpio una brisa cálida acariciaba su suave piel, había apenas unas cuantas nubes en el cielo. No sabía donde iba ni la hacía falta saberlo, se sentía libre, despreocupada, feliz.

Otra niña apareció a su lado, diciéndola:

- Hola, ¿vamos juntas?, se un juego para entretenernos.
- Vale, - contestó la primera niña- ¿cual es ese juego?
- Mira al cielo –dijo la segunda niña señalando arriba- ¿qué ves?.
- Nubes – dijo la primera niña algo decepcionada -.
- Yo veo una tigresa corriendo, ¿no la ves tu?.

La primera niña volvió a mirar y al cabo de unos segundos dijo con una
expresión de felicidad en su rostro:

- Si, si, la veo. ¡Alaaaa!, ¡que bonita! ¿Qué más ves? – preguntó volviéndose a la otra niña -.

El rostro de la segunda niña estaba desencajado por lo que estaba viendo.
No hablaba solo miraba al frente horrorizada. La primera niña siguió su mirada de pánico. Al llegar al frente, el terror ahogó un grito, sus pupilas se dilataron hasta el infinito. Ante sus ojos, un riachuelo situado a unos metros de ellas se teñía de sangre y aumentaba cada vez más y más su caudal; mientras el cielo se nublaba parecía empezaron a oírse lamentos, súplicas y llantos de niñas, <<¡¡no quieroooooooooooo!!>>, <<¡¡me hace dañooooooooooo!!>>, <<¡¡mamá no las dejes, mamaaaaaaaaaa!!>>, parecía aullar el viento cada vez más y más fuerte.

Reuniendo fuerzas de flaqueza, la primera niña volvió la cabeza para mirar a su compañera de juegos. Otra oleada de pánico la volvió a dejar inmóvil al ver lo que vio. La segunda niña comenzó a llorar y a chillar desesperadamente.

- ¡¡Me duele muchoooo!!, ¡¡aaaaaaaaaaaaaahhhhhhhhhh!! – gritó y lloró la niña con la mano en la zona vaginal –

Las piernas de la segunda niña empezaron a temblar y las
rodillas comenzaron a fallarla. De repente, un chorro de sangre fluyó de la zona que la niña intentaba taponar con sus manos hasta desembocar en el río. La niña calló al suelo, poniéndose en posición fetal debido al dolor.

- ¡¡Correee!!!, ¡¡correeee!! – grito la niña, con su último hilo de voz-

La primera niña empezó a caminar para atrás sin quitar la vista de su
nueva amiga que parecía estar envejeciendo por momentos. Por fin, presa del pánico la niña se dio la vuelta y tras un pequeño tropiezo se incorporó y empezó a correr en dirección contraria al río lo más rápido que la dejaban sus piernas y sin mirar para atrás].

Amina se despertó sobresaltada y ahogando un grito, mientras un sudor frío recorría su cuerpo. El sobresalto despertó a Rosa, adormilada después de haber comido y de haberse tomado una mini botella de crema de whisky con el café aguado de los aviones. Al ver a Amina así, enseguida supo que había sido una pesadilla y la tranquilizó frutando suavemente su espalda, mirándola a los ojos y diciéndola en castellano <>, que era de las pocas expresiones que Amina había aprendido.

El avión aterrizó puntual, a las 21:05 h. estaban tomando un café en Barajas sentadas en una cafetería. Mientras Rosa tomaba el café a pequeños sorbos, con la vista fija en Amina y Miniya absorta en sus pensamientos, dejó tranquilamente el café en la mesa.

- Chicas, tengo una idea – dijo mientras sacaba su teléfono móvil y marcaba un número -.

*******

A unos kilómetros de allí, Alberto volvía de su trabajo. Aquél proyecto de alfabetización de Mujeres gitanas, había supuesto un reto para él, había que ganarse primero a los patriarcas del poblado y mucho se temía que su condición de varón le ayudaba mucho en esa labor, en fin, si servía para algo…..

Estaba llegando a su casa en Vallekas desde el poblado de Barranquillas en su 205 de segunda mano. Su abuelo Evaristo se estaría haciendo ya las sopas de ajo, quería llegar a tiempo para cambiarle la cánula antes de cenar. El hombre le dejaba vivir en su casa gratis, era un buen hombre y no le molestaba en sus cosas, fue un buen trato irse a vivir allí con él, aunque cada vez necesitaba más cuidados y le era más difícil compatibilizarlo con su trabajo.

Los callejones apenas sin luz se retorcían ante él como una serpiente de precariedad urbana. Algunos tenderos mostraban la ropa barata y gastada debajo de ventanas y persianas entreabiertas que desprenden un fuerte olor a tortilla de patatas, garbanzos, algunas verduras, todo ello mezclado con especias agridulce y coles. Los chinos cerraban sus tiendas de todo a cero sesenta y más; sus ojos enrojecidos, al cruzarse con los de Alberto, le muestran el resultado de 15 horas de trabajo diario. Lejos queda la Castellana y Goya, donde otro tipo de comercios abren sus puertas para otro tipo de clientes. Al fin, al girar por el modesto estadio del <>, la casa del abuelo Evaristo se dislumbra al final de la calle.

Al llegar a casa, como imaginó Alberto, el abuelo Evaristo se disponía ya a hacerse sus sopas de ajo como delató el penetrante olor a pimentón que llegó de la vieja cocina de gas.

- ¡¡Buenas abuelo!!, ¿estás en la cocina? – saludó Alberto en voz alta desde la puerta -.

- ¡¡Epa hijo!!, ¿qué tal el día? – contestó el abuelo, con voz alegre aunque algo artificial por la traqueotomía -.

- Pues bien, como siempre, ¿y tu?, ¿te cambio la cánula antes de cenar?

- Bueno, venga – dijo el abuelo con cierto tono de fastidio y dirigiéndose al sillón del salón -.

El hijo de la Juanita, como le gustaba que le llamaran, andaba con los hombros echados para atrás por la simple razón de dejar respirar a sus maltrechos pulmones. En sus manos y su cara se veía la huella dejado por duros años de trabajo; su cara era de fracciones duras pero con negros ojos vivarachos y despiertos, tenía una nariz aguileña encima de un bigote antaño de pelo fuerte y moreno y ahora blanco como la nieve.

Cuando Alberto se disponía a cambiar la cánula a su abuelo sonó su teléfono móvil.

- ¿Diga? – contestó por el manos libres sin mirar quien llamaba -.

- Hola cielo, – dijo una voz de mujer dulce, armoniosa y casi infantil – necesito tu ayuda.

A Alberto casi se le cae la cánula del abuelo al oir la voz de su amiga Rosa, era una de las mujeres que más le generaba. La vio por primera vez en una entrevista en Telemadrid, representando a la Federación de Mujeres Progresistas y quedó cautivado al instante. Luego, tuvo la oportunidad de colaborar con ella en unas Jornadas sobre alfabetización de mujeres, donde tuvieron oportunidad de compartir experiencias y puntos de vista y no le defraudó su trato de cerca, hablaron días y días animadamente y con mucha compenetración. No la volvió a ver desde entonces, desde entonces era solo un bonito recuerdo.
- Si, dime – contestó camino del baño, cuando pudo reaccionar y coger mejor la cánula -.

- ¿Recuerdas el caso Amina? – preguntó Rosa -.

- Si, tu misma me mandaste los mensajes de Amnistía Internacional
rememoró Alberto mientras limpiaba la cánula sucia y cogía la limpia -.

Se sentía orgulloso de a ver colaborado con su firma aquella vida,
desde entonces empezó a creer en esas campañas de internet.

- Pues la tengo enfrente – dijo Rosa sin darse importancia -.

- ¡¡¡¿Qué?!!!, ¿era cierto lo que se comentaba?, ¿la habéis traído? –preguntó Alberto estupefacto -.

- Escucha, tu abuelo necesitaba ayuda ¿no?.

- Eeeeeeeeeee, si, ¿por qué? – se desconcertó Alberto -.

- Os proponemos un trato. –explicó Rosa – Vosotros acogéis a Amina y su hija por un tiempo en vuestra casa, la dais comida, techo, clases de castellano y un sueldo digno y ella se ocupa de tu abuelo.

- ¿Amina en mi casa?, ¿y por qué yo? – preguntó Alberto – Quiero decir, ¿el Estado no se hace cargo?.

- Confío más en ti, se que la darás un trato más humano, ya sabes como son todas los centros, lo despersonalizan todo – contestó Rosa -.

- Lo sé – dijo Alberto – le preguntaré al abuelo, mañana te digo, ¿tienen donde dormir esta noche?.

- Dormiremos en mi casa.

- Mañana mismo te llamo –concluyó Alberto -.

- Vale cielo, gracias. Mañana hablamos, que hace mucho tiempo que no nos vemos. Ciao cielo – se despidió Rosa -.

- Hasta mañana.

Al colgar el teléfono, Alberto sintió un remolino de sentimientos. Era una gran responsabilidad tener en su casa ha un personaje público internacional como Amina, aunque no podía perder esa oportunidad profesional. Por otro, lado sería una gran ayuda con su abuelo y le permitiría estar cerca de Rosa mucho tiempo; lo uno complementaría lo otro.

No por favor!, otra vez el cuento de la lechera no! No se podía ilusionar de nuevo. Bueno, poco a poco, seguro que esto llegaría a buen puerto si tenía paciencia, si dejaba fluir los acontecimientos. Pero, ahora, ¿cómo se lo diría a su abuelo?, esa era su preocupación inmediata, el primer paso.

- Abuelo – comenzó a decir Alberto, mientras le colocaba y tapaba la cánula nueva – me ha ……
- Llamado Rosa – dijo el abuelo Evaristo –
- ¿Cómo lo sabes? – se sorprendió Alberto -.
- Hijo, soy viejo. Con lo que te conozco, lo poco que he escuchado y tu sonrisa de imbécil me basta –responde el abuelo Evaristo soltando una carcajada -. Bueno, ¿qué te ha dicho? – preguntó dando un golpe en el suelo con el bastón que acababa de coger de al lado del sillón y que sujetaba con sus manos algo temblorosas -.
- A ver, - prosiguió Alberto algo ruborizado aún -. ¿Recuerdas la noticia de una mujer a la que querían lapidar en Nigeria?
- Si, pobre mujer, hace falta ser cabestro – se irritó el abuelo dando otro golpe con el bastón -.
- Pues bien. - continuó Alberto – La Asociación de Rosa la ha traído como refugiada política. Me ha propuesto, contratarla para ayudarte, darla alojamiento y enseñarla castellano. ¿qué te parece?.

El abuelo se quedó pensativo mientras se reclinó en el sofá y cerró
levemente los ojos mientras emitía un breve suspiro. Al cabe de un instante contestó.
- Está bien, yo hubiese querido cuando me fui a Francia. Tuve que trabajar como un burro sin que nadie me echase una mano – contó el abuelo -. Que venga entonces.
- Está bien, mañana quedamos con ellas entonces, ¿quieres venir tu?’ – dijo Alberto -.
- Desde luego, quiero conocerlas.

CAPÍTULO III: DEL ENCUENTRO:
La luz del día se asomaba por la persiana entreabierta del salón de Rosa iluminándola los ojos y una parte de la cara. Lentamente, se empieza a desperezar en el sofa-cama y va a abrir la persiana completamente para ver la luz del día. A pesar de la contaminación del cielo de Madrid, esa mañana del mes de julio se podía ver algo parecido al cielo azul. Rosa decide salir un momento al balcón a despejarse un poco y pensar; su cuerpo aún con la camiseta de tirantes blanca y la ropa interior del mismo color, hacia un favor estético a la vieja y descascarillada fachada aún si restaurar desde los años cincuenta.

Con los brazos apoyados en la vieja barandilla de hierro y respirando hondo, Rosa empezó a pensar en como seguir con este proyecto, que sin duda era el más importante de toda su vida y la marcaría para siempre tanto personal como públicamente y en su carrera asociativa.

Absorta estaba en esos pensamientos, cuando un grito la devolvió a la realidad. Corriendo, entró de nuevo a la casa y fue a su cuarto donde estaban durmiendo Amina y Miniya. Amina estaba incorporada en la cama, temblando y con sudores fríos. La niña estaba mirando a su madre con los ojos abiertos como platos y a punto de echarse a llorar. Rosa, abrazó despacio a Amina y lla dijo:

- Tranquila, ya pasó –mirándola a los ojos -. No llores pequeña, mamá está bien –dijo a continuación acariciando la cara de Miniya -.
Después de decir eso, Rosa fue a buscar a Abbie a otra habitación donde dormía en otro sofá.

- Abbie, Abbie, despierta. –dijo en voz baja empujándola levemente el hombro -. Amina a tenido otra pesadilla, ayudamé por favor.

- Voy, ahora mismo –dijo Abbie adormilada mientras se levantaba y se iba vistiendo -.

Momentos después, fueron ambas a la habitación de Amina y Miniya para
tranquilizar a Amina.

- ¿Una pesadilla Amina? – la preguntó Abbie –.
- Si, horrible, a sido horrible – contaba Amina mientras iba traduciendo
Abbie-. Soñé que me con sitio oscuro donde iban entrando niñas, niñas de 12 años. Era como un túnel, se oían gritos y llantos y al cabo del tiempo, al otro lado del túnel ancianas con cántaras de agua en la cabeza que se iban hundiendo y hundiendo en la arena.

Entonces, por mera curiosidad, me asomé a la boca del túnel y lo que vi,
¡Dios!, fue horrible; oscuridad, violaciones y malos tratos a niñas, genitales sangrando, niñas heridas y mutiladas.

Al intentar huir, dos hombres me persiguieron y yo corrí y corrí sin par hasta que me desperté.
Dicho esto, Amina rompió a llorar y Abbie y Rosa la consolaron como pudieron, conteniendo su propia rabia.

*******
Mientras, en casa del abuelo Evaristo, él y su nieto Alberto terminaban de vestirse y desayunaban tranquilamente.

- Abuelo, voy a llevar a estas, ¿cómo quedamos con ellas? - dice Alberto -

- Yo quería tomar un chisme en la terraza del Rober esta mediodía, quedamos, que suban las cosas y tomamos algo con ellas –respondió Evaristo mientras rociaba su rebanada de pan con aceite -.

- Me parece una idea genial, así no se sentirán incómodas, ¿estás seguro de que no estudiaste psicología? – dijo Alberto soltando una sonora carcajada -.

Una vez vestido y alegrado cogió el móvil de su mesilla donde estaba
cargándole y marcó el número de Rosa.

- ¿Rosa?, ¿cómo estáis? – preguntó Alberto -.

- Ahora bien, pero hemos pasado un mal rato –contestó Rosa -.

- ¿Pues?, ¿qué ha pasado?, ¿les ha pasado algo a Amina o a la niña?, ¿hay algún problema burocrático?……. –preguntó Alberto a modo de batería de preguntas como un niño asustado -.

- Noooooo, tranquilo, para, que te ahogas - dijo Rosa entre risas -. No a pasado naaaaaaaaaada. Simplemente ha sido una pesadilla, Amina ha tenido una pesadilla.

- ¡Uf!. ¡Que susto! Que yo te llamaba para preguntarte que si queréis quedar en la bodega de Rober. Ha sido idea del abuelo que se quiere tomar un chisme. Subimos tu y yo las cosas a casa y nos tomamos algo. ¿Qué os parece? –preguntó Alberto-.

- Bien, por mi vale, aunque sabes que Rober no me cae muy bien –contestó Rosa -.

- Lo sé, el chaval es buen chaval, lo que pasa es que le puede el nervio y te suelta el discurso - dijo Alberto -. Además, al abuelo le cae bien.

- Ya, ya, porque se salta lo que le dice el médico. En fin. –dijo Rosa con resignación -. ¿A que hora?

- ¿A la una? – preguntó Alberto ya casi con miedo -.

- Vale, ciao. – Se despidió Rosa-.

- Ciao.

A la una del mediodía, cuando Amina, Abbie Miniya y Rosa llegaban a la
Bodega, el abuelo Evaristo y Alberto ya estaban allí. Estaban sentados en una mesa y charlando amigablemente con Rober, el dueño, como siempre de política.

Era una bodega pequeña, con viejas mesas de hierro. Las paredes estaban forradas con carteles de todo tipo: marchas ecologistas, concentraciones, manifestaciones, conciertos y algún que otro cartel de fiestas de los pueblos de alrededor. Había un penetrante olor a vino en barrica por todo el local, mezclado con el del jamón serrano y chorizo que chorreaban colgados de ganchos. La música completaba el cuadro, grupos como S.A., Reincidentes, La polla records o Extremoduro sonaban.

- Pues si hijo, toda mi vida luchando, para que luego te den una mierda de pensión y una palmadita en la espalda – decía el abuelo Evaristo - ¡Y ya les ha costado!, ¡panda de osobucos! – sentenció dando uno de sus golpes de bastón en el suelo -

- ¡Cuanta razón tiene abuelo!, ¡cabrones!. ¡Os traicionaron abuelo!, ¡os traicionaron!. Hace veinticinco años y ahora – dijo Rober -.

En ese momento, aparecieron por la puerta acristalada con barrotes de
hierro las cuatro mujeres. Rosa entró primero, poniendo un cierto gesto de repugnancia nada más entrar, mientras se ponía sus <> en el pelo. Detrás de ella Amina con expresión entre triste y pensativa, cogiendo de la mano a Miniya que con los ojos bien abiertos miraba todo con sorpresa y hambre de cosas nuevas. Por último, entró Abbie, mirando expectante.

- ¡Hola Alberto cielo¡ - saludó Rosa dándole dos besos-.

- Hola – contestó -.

- ¿Qué tal estamos abuelo? – dijo después acariciando el hombro del abuelo Evaristo, sonriéndole y dándole dos besos a continuación -.

- Pues ya ves hija, aquí tirando que no es poco – contestó el abuelo -.

- Hola Rober, ¡uy!, ¡si te nos has afeitado! ¿Qué celebramos? – le saludó a Rober irónicamente -.

- El día de Santa pija, virgen y martil, patrona de los desamparados las y desamparadas –la contestó Rober -.

- Yo también te quiero guapo, ¿me pones un martíni? –dijo Rosa - ¿Y vosotras que queréis? –preguntó las demás -.

Las mujeres pidieron sus consumiciones y se creó un incómodo silencio. Siempre se crea cuando se conoce a alguien se conoce, pero esta vez la situación se acentuaba por la diferencia de idioma y cultural.

Al fin, unos segundos después apareció por la puerta Vero, la hermana menor de Rober. Vero, tenía una belleza natural, la típica belleza de la mujer andaluza; era una chica morena, de grandes ojos negros, cara muy dulce y con un punto de picardía y estructura de mujer sureña bien proporcionada.

- Hola, ¿qué tal Rosa, guapa? – dijo Vera rozándola la espalda con una amplia sonrisa campechana -.

- Bien, aquí con Amina y su hija Miniya – dijo Rosa esbozando una sonrisa de satisfacción-.

Vero, se paró a mirarlas y no lo podía creer, al cabo de unos segundos,
Vero reaccionó.

- ¡No jodas! – dijo Vero sorprendida -, ¿son ellas?, ¿al final lo hicisteis?

- Creo que si – dijo Rosa señalando a Amina y a Miniya -. Ahí las tienes sanas y salvas.

- ¡Que guay! – dijo Vero mientras se disponía a darlas un abrazo que la salía directamente del corazón -. ¡Aupa guapas! – dijo Vero - ¿Qué tal?, ¿Qué tal el viaje?, ¿Qué tal todo?.

Abbie, apenas podía seguir el ritmo de Vero en la traducción simultánea.
Cuando esta acabó, Amina se dispuso a contestar.

- Bien. Noto gran alegría al vernos, ¿sabias de nosotras?

- Joder!, ¿Qué si sabia de vosotras?, medio mundo sabia de vosotras, ¿no os a contado Rosa? –contestó Vero -.

- Algo se nos dijo de una campaña internacional –contestó Amina -, pero no sabíamos muy bien de lo que se trataba.

En ese momento, intervino Alberto

- Perdonad – dijo con voz casi entrecortada – si queréis vamos subiendo Rosa y yo las maletas y os dejamos hablando.

- De a cuerdo hijo – contestó el abuelo con una sonrisa socarrona -, iros, así nos vamos conociendo Amina y yo.

Alberto y Rosa salieron de la bodega con las maletas, perdiéndose sus
Voces iniciando una conversación entre los sonidos del barrio.
Allí se quedó el abuelo, como si hubiese tomado el mando de la situación con su cachaba de madera.

- Bueno, - dijo el abuelo – aquí nos hemos quedao. ¿Queréis picar algo?

Viendo las intenciones del abuelo, conocedora de la cultura gastronómica
castellana, Vero decidió intervenir para evitar el mal trago a Amina y a Miniya.

- Guapas, ¿vosotras coméis carne de cerdo? –preguntó apresuradamente Vero -.

- No, somos mulsumanas nuestra religión nos lo prohíbe –contestó Amina-.

- Lo se y os comprendo no os creáis, yo tampoco como animal muerto,
soy vegetariana y a veces es un fastidio – dijo Vero soltando después una de sus sonaras carcajadas -.

- ¡Rober! – gritó el abuelo volviendo la cabeza a la barra – ¡¡trae un plato
queso!!. Eso si ¿no? – dijo después mirando a Vero, como un niño que busca aprobación -.

- Si abuelo, si, eso si –le contestó Vero sonriéndole y acariciándole la espalda -.

Al cabo de unos minutos, Rober fue con un plato blanco con queso
cortado en tacos rectangulares y puestos en círculo.

- Invita la casa – dijo Rober, con la mejor sonrisa que tenía en su escaso repertorio de sonrisas -.

- Gracias – dijeron Amina y Abbie -.

- Gracias señor – dijo Miniya, como la había enseñado Abbie en el tiempo que habían estado juntas, mientras le miraba con sus grandes ojos azabache -

Rober se sintió descolocado, la sonrió sinceramente. Pensó por un
momento que este mundo no estaba tan mal y que las bonitas verdades se escondían detrás de la esquina, que no pasaban únicamente de vez en cuando por sus asquerosos pensamientos.

El abuelo, viendo la expresión de Rober, decidió intervenir.

- Mira pequeña – dijo cogiendo un rectángulo de queso y acercándoselo a la niña -. Come queso, que no hay más queso que eso.

La niña, cogió el pedazo de queso con sus dos manitas y el abuelo la
acarició su cabecita soltando una carcajada. Acto seguido, Miniya en un inesperado gesto infantil, caminó unos pasos hasta Rober con el trocito de queso entre las manos y le dijo en su lengua, mientras hacía un gesto de ofrecimiento.

- Toma.

Rober, cogiendo el queso, ya totalmente descolocado dije a la niña un
tímido gracias. En este momento, el abuelo volvió a salir en su ayuda diciendo:

- Trae un porroncillo de tinto, estamos de celebración. Y a ellas lo que quieran.

Las mujeres pidieron lo mismo y a la niña la trajo una mecacola con la mejor
presentación que imaginó. Después, el abuelo continuó hablando.

- He visto por la televisión que allí os dedicáis mucho al pastoreo ¿no? – dijo el abuelo a Amina después de echar un tiento al porrón -.

- Si, si señor. Yo misma lo hago, bueno…. –dijo quedándose pensativa y algo melancólica – lo hacía.

El abuelo, sabedor de lo que era echar de menos la tierra de uno,
enseguida tuvo una de sus brillantes ideas, con esa habilidad mental que le caracterizaba, fraguada a través de años de lucha y supervivencia.

- Mira, pues yo quería ir mañana a la sierra, a coger setas, igual vemos algún pastor de aquí si os venís, así ves como lo hacemos aquí. ¿Qué os parece?

- Bien señor, como quiera – contestó Amina con una tímida sonrisa -.

- ¡Ea!, pues mañana por la mañana al monte <> - dijo el abuelo satisfecho dando un leve golpe con la cachaba en el suelo -. Y no me llames señor leñe – prosiguió – que ningún obrero necesita criada, llámame abuelo, como todo el mundo.

- De acuerdo abuelo –contestó Amina -.

Poco después volvieron a la bodega Rosa y Alberto, riendo y charlando de
sus cosas.

- ¿Qué tal abuelo?, ¿os habéis conocido ya? – dijo Alberto -.

- Si hijo, en esto estamos, ¿verdad Amina? – contestó el abuelo mirando a Amina

- Si, el abuelo es un hombre bueno y sabio – dijo Amina tocando su collar-.

- ¡Quia!, ¡yo que voy a ser!, ¡quita quita! – dijo el abuelo levantando levemente la cachaba del suelo -.

- En mi poblado lo sería – contestó Amina -.

- Por cierto hijo, – dijo el abuelo a Alberto – hemos quedado en que mañana vamos a la sierra <>. Tu podías ¿no?.

- Si, si. Yo os llevo –contestó Alberto -.

- De acuerdo pues – dijo el abuelo - ¿Quién se apunta?.

- Yo puedo llevar el coche si no cabéis en el de Alberto toda la peña – ofreció Vero -.

- Vale, entonces voy yo también, no me vendrá mal un paseo por el campo – dijo Rosa -.

- Pues quedamos aquí temprano, a las nueve, para aprovechar el día –concluyó el abuelo -.
El resto del día, transcurrió como un tren recién salido de la estación, cogiendo velocidad con su traqueteo rítmico.

Ya después de comer y de charlar un rato se hablaron las cosas básicas para iniciar la convivencia. El abuelo explicó a Amina para que iba a requerir su ayuda, haciendo unas pequeñas prácticas en cada una de las tareas que el abuelo la explicaba paso a paso. Mientras, en una habitación contigua, Rosa y Alberto ultimaban los trámites laborales y administrativos para no dejar ningún cabo suelto.

Ya en la cena, Alberto y Rosa explicaron a Amina las condiciones de su contratación y quedaron fijados los días para las diferentes tramitaciones labores y administrativas.

Por último, mientras reposaban la cena, Alberto, explicó a Amina el método que iba a seguir para enseñarla el idioma y los horarios que iban a seguir compatibilizando sus trabajos. Así mismo, al terminar esa tarea, habló Alberto con Abbie calculando el tiempo que tardaría en enseñar castellano a Amina, prefijaron el tiempo que se necesitaría a Abbie.

CAPÍTULO IV: DE LA SABANA Y EL ENCINAR:

La mañana era una mañana de niebla cerrada, algunos pájaros urbanitas en los parques anunciaban que iba a hacer un día caluroso, de pleno verano. Mientras, deportistas domingueros y domingueras corrían andando o con sus bicicletas con ropa comprada para la ocasión en algunos grandes almacenes. El escaso tráfico fluía rítmicamente por las arterias de Madrid, acompañando a ese rugir de motores los primeros comercios abrían sus persianas metálicas como los gallos que anuncian un nuevo día con su ensordecedor estruendo metálico.

Amina, Abbie y Miniya se subieron a la parte trasera del coche de Alberto, mientras el abuelo se ubicaba en la parte trasera, junto a su nieto y empezaba su particular batalla con el cinturón de seguridad.

- ¡Cagüen sos!, ¡esto no tira! – farfulló el abuelo -.

Amina miró al abuelo con cara de susto y Miniya abrió sus ojillos como platos
fijándolos en el abuelo.

- Nada, es así, ya les iréis conociendo. No muerde ni nada – dijo Alberto con una sonrisa a ver la cara de la niña y la mujer -.

- ¡Es que es verdad la ostia!, yo tiro y no tira, ¿ves? –dijo el abuelo tirando bruscamente del cinturón -. Mira, si nos paran los guardias que me lo pongan ellos si quieren, ¡ea!, vamos.
- Pero mira que eres cabezón – replicó Alberto - ¿no ves que la multa me la ponen a mi? Y ahora con el carné por puntos voy al curro en metro ¿no?.

- ¡Ala la ostia!, ¡aquí el señorito!, ¡como todo el mundo!, o crees que Aida la de la limpieza viene a limpiar el portal en “limosine” de esas – dijo el abuelo-. Para mi que esa chica te está volviendo gilipollas muchacho.

Alberto se quedó cortado por un momento y le salieron los colores. Cuando
reaccionó dijo desconcertado.

- A ver, coge el cinto anda. Ahora tira despacio. ¿Ves?, ya está.

Alberto se puso su cinturón tosió tímidamente, fijó la vista delante y arrancó el
coche en silencio.

Ya, nada más entrar en la NI, Alberto decidió volver a hablar, esta vez a Abbie
mirándola por el espejo retrovisor.

- Abbie, entonces quedamos así, como dijimos ayer –empezó a comentar Alberto-
.Yo calculo que en un mes, Amina ya podrá dominar el castellano para defenderse y de la niña se encargan ya la gente del equipo del colegio.

- De acuerdo entonces –contestó Abbie-. Yo la digo mañana a Carmen que en un mes me puede dar otro destino

Alberto siguió hablando con Amina enlazando por donde había acabado con Abbie.

- Por cierto Amina, conozco a la psicóloga de ese colegio, es buena gente y buena profesional, algo trepa la chica, pero de bueno. En el fondo es como las gaseosas se la venir de lejos.

- Eso me tranquiliza Alberto, tengo miedo de cómo se adaptará la niña –dijo Amina acariciando la cabecita de Miniya -.

- Mujer, las niñas no tienen vicios adquiridos y seguro que se adapta incluso mejor que tu – contestó Alberto -. Hay niñas y niños crueles, eso sí pero no lo hacen por maldad, sino por imitación. Ya me dirás que tal.

- Si, ya te lo diré, espero no ser demasiado pesada – dijo Amina algo angustiada-.

- No mujer, eres una madre, es normal –la tranquilizó Alberto -. Y para eso estamos, eso está echo.

- No, si al final va ser buena persona el osobuco de mi nieto – dijo el abuelo con visible orgullo en su voz y mirando a Alberto-.

- Si, si. Alberto es muy buen chico, el hombre más bueno de Madrid –dijo Amina sin darse cuenta de la ironía de las palabras del abuelo -. Y Rosa –continuó - también me ha ayudado mucho, es muy buena también. Son los dos muy buenos.

Al oír esto último, Alberto pegó un respingo en el asiento, se puso colorado y se
le fue un poco el volante.

- ¡Cagüen sos!, ¡a que nos matamos por culpa de la niña!, ¡mira p`lante anda! –refunfuñó el abuelo mientras daba una colleja a Alberto y emitía un ruido como < >, por no llamarle otra cosa.

***
Mientras tanto en el coche de Vero, ella y Rosa conversaban sobre los temas que tenían en común.

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Me llamo Víctor Villar Epifanio, tengo 33 años y soy de Bugos. He estudiado Relaciones Laborales (Diplomatura) y Educación Social (Diplomatura) y estudio 4º de Padagogía (Licenciatura). Hago un poco de todo, escribo, hago proyectos sociales, colaboro con ONG`s, con publicaciones y proyectos políticos, etc, etc... En fin, aquí teneis un poquico de lo que hago. Espero que os guste. Para cualquier sujerencia: vitycontacto@gmail.com Un Saludo. Vity. Parador

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