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La Coctelera

A LA SOMBRA DEL OLMO VIEJO

Allí descansa toda mi obra, todo mi pensamiento, todo mi espíritu, todo mi Ser.

11 Noviembre 2005

RECUERDOS


RECUERDOS

Tumbado antes de dormirse aquella noche José Rodríguez pensaba en su último encuentro con Jessica.

Fue en el restaurante italiano de su barrio, Luilli les había reservado mesa un día antes, sabía lo importante que era para él aquella cita y como buen amigo lo había preparado todo al detalle.

Ella estaba preciosa, se había hecho ese recogido en el pelo que hacía a su sobrina y que tanto le gustaba, ambos bromearon sobre ello y rieron con casi infantil despreocupación.

Durante la comida intercambiaban miradas cómplices. Para José, el mundo se podía parar allí mismo. Sabía que con esa mujer a su lado, todo podía ser posible, se sabia capaz de de todo, se enfrentaría a todo en la vida si ella estaba a su lado. El simple recuerdo de su mano blanca, casi pálida y de formas finas como la de una pianista, rozando su hombro ya le daba tranquilidad, era como estar seguro, como si su verdadero hogar estaría donde ella estaría.

Aquella noche hablaron y hablaron sin parar. Ella le habló de su vida, de cómo la había impactado esa ciudad y de lo difícil que la resultó hacer amistades en ella. Él, entre risas la decía que no se preocupara que al final la gente se abría y que entonces ya tendría amigos y amigas para toda la vida. Mientras decía esto último, notaba como él mismo era un claro ejemplo de ello, a él ya le había conquistado y estaba seguro que el la ciudad entera no tardaría en abrir sus puertas para ella, el “asedio” de ternura no duraría mucho y pronto sucumbiría hasta el último torreón de la ciudad.

La cena fue estupenda, una cena especial, no tanto por la comida en sí misma como por los recuerdos que se fundieron con cada plato, con cada bocado, con cada sorbo de Lambrusco. Tan buena fue la cena, que aquella noche la repitió sólo para recordar aquellos momentos.

Mientras comían unos palitos de pan de entrante para acompañar la primera copa de vino, conversaron sobre la familia. Ella le dijo que no terminaba de entender como había personas que se llevaban mal con su familia ya que ella tenía muy buena relación. Recordaba como a veces merendaba en la trastienda de la carnicería de sus padres, recordó la hospitalidad de su madre y el olor a horno de leña las tardes de invierno. Él imaginaba la escena y pensaba lo afortunada que era la gente que podía compartir aquellas tardes con ella.

Luego, Luilli les trajo los espaguetis boloñesa y pronto la conversación fue derivando a una discusión filosófica sobre el amor y lo que ella llamaba <>. Él defendía la coexistencia de un amor pausado, basado en el cariño y el respeto mutuos, con otros amores que le diesen a la persona esa <> que él llamaba enamoramiento y que de modo científico le calculaba una duración media de entre tres a seis meses. Ella sin embargo, defendía que sin esa <> previa no podría existir el amor, que era absurdo y dañino plantearse una relación así.

En esta tesitura estaban, cuando Luilli llegó con los postres, un tiramisú para él y para ella un sorbete de limón al cava para intentar rebajar la comida. Aquí la conversación entró de refilón en temas políticos. Ella defendía que no quería ningún “trapo” en su vida, que se sentía ciudadana del mundo, que no entendía el significado de las banderas, que ella sólo quería pasar por la vida sin pisar a nadie, sin que nadie la pisase a ser posible y haciendo bien a la gente. Él, la intentó explicar que detrás de lo que ella llamaba “trapos” había un Pueblo, con un sentimiento de identidad y con una forma de ser y de construirse que había que respetar, porque sino sería muy aburrido ser todo el mundo igual. Pero, en el fondo, él creía que lo realmente importante, lo que debía guiar a toda la humanidad era lo que ella decía, antes que cualquier identidad; en realidad, ambos discursos eran compatibles e incluso complementarios.

Ya en los cafés, hablaron de lo que significaba la espiritualidad para ambos. Ella, le explicó que creía en el destino, que tenía que haber algo más, que a veces sentía cosas muy suyas que nadie podía explicar pero que estaban allí y la daban calma, tranquilidad. Él sintió que según lo explicaba le transmitía esa misma tranquilidad y le daba rabia que su racionalidad no le permitiese vivir eso que ella le transmitía, pero lo respetaba profundamente y estaba dispuesto a aprender sentirlo, aunque se temía que eso no se podía aprender, al menos no como a él le habían enseñado a aprender.

Con estos pensamientos, José se durmió, le esperaba un día duro. A la mañana siguiente, unos amigos le esperaban para dar un corto paseo y ya estaban allí. José se dio los últimos retoques en el espejo y pensó que no le convencía el color tan llamativo de ese traje, pero ya no le daba tiempo a cambiarse de ropa.

Durante el paseo, la gente le saludaba a su paso y él les dedicaba su mejor sonrisa, sabía que hoy la iba a ver. Uno de los amigos, no paraba de darle consejos para intentar consolarle, pero él pensó que a ella también le resultaría pesado, se lo agradeció y le dijo que por favor se callase que él sabía bien cual era la solución al problema.

El paseo terminó y allí estaba ella con el recogido que la hacía a su sobrina por las mañana le sonrió y le saludó. Sintió de nuevo que se podía enfrentar a todo, incluso a esto. Apenas escuchó el teléfono que sonaba y las indicaciones que se daban a su alrededor. La miró de nuevo y la tranquilidad le fue invadiendo poco a poco, aquella imagen nadie se la podía quitar. Cerró los ojos, recordó su cara y su sonrisa por última vez y sonrió. Al fin había aprendido como se aprendía a sentir…….

Diez años después, Jessica Mcdowell, amiga de José Rodríguez, consiguió probar que era inocente de los cargos que se le imputaron y que la única razón de su ejecución fue por motivos políticos. Lo único que consiguió fue una disculpa.

Tags: r, e, l, t, s

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Margarita

Margarita dijo

Hola Victor:

Soy Marga Osorio

Me gusta mucho tu Blog. Me parece que esta muy completo. El relato RECUERDOS me ha parecido simplemente genial. Sigue así

Besos

Marga

13 Noviembre 2005 | 05:42 PM

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A LA SOMBRA DEL OLMO VIEJO

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Me llamo Víctor Villar Epifanio, tengo 33 años y soy de Bugos. He estudiado Relaciones Laborales (Diplomatura) y Educación Social (Diplomatura) y estudio 4º de Padagogía (Licenciatura). Hago un poco de todo, escribo, hago proyectos sociales, colaboro con ONG`s, con publicaciones y proyectos políticos, etc, etc... En fin, aquí teneis un poquico de lo que hago. Espero que os guste. Para cualquier sujerencia: vitycontacto@gmail.com Un Saludo. Vity. Parador

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