DIEZ DIAS
DIEZ DÍAS
El teléfono de Pablo sonó por enésima vez en ese día, esta vez era su editor, metiéndole prisa para acabar esa novela inacabada. Le echó un discurso sobre la profesionalidad, sobre que esto era un trabajo y sobre que no estaban ahí para perder dinero. Pablo oyó, que no escuchó, el rapapolvo prefabricado de su editor, lo contabilizó intelectualmente como gasto mantenimiento. Al acabar, colgó, fue al frigorífico, cogió un Red Bull y volvió a sentarse en el ordenador.
En un último intento de hacer algo ese día, puso el <
Cuando se dispuso a reanudar el capítulo IV de su novela con una brillante y original idea, el Messenger emitió un gracioso sonido y se abrió una ventana en su pantalla. Era su amiga Ana. De ser otra persona, no hubiese contestado pero sentía la necesidad de sus sabios consejos tranquilizadores.
- Buenas –escribió Pablo-.
- Hola Pablo, ¿Qué tal?.
- Bien, aquí cansado y atascado.
- Me parece que ya se lo que necesitas, creo –escribió Ana-
- ¿El qué? – preguntó Pablo con curiosidad –
- Meterte ermitaño unos días, Escribir y pensar.
- Pues no es mala idea -escribió Pablo -.
- Pues quédate en mi casa del pueblo, así me la cuidas.
- De acuerdo.
- Vale mañana quedamos.
Al día siguiente Ana le enseñó la casa, era una entrañable casa de pueblo,
perfecta para escribir. Al ver el saloncillo de la entrada, Pablo pensó que tenía todo lo necesario: una buena chimenea, una austera mesa de madera con dos sillas igual de austeras, un fogón de gas para calentar los litros y litros de café que necesitaría para escribir de noche en absoluto silencio y un enchufe para su ordenador portátil. Para colmo de perfección, en aquel valle no había cobertura sólo un viejo teléfono fijo para urgencias.
- Pues bueno, esto es. –dijo Ana a Pablo alargando los brazos -.
- Perfecto, justo lo que necesitaba. Muchas gracias, si te tengo que pagar algo….
- ¡No por Dios!, si me haces un favor, me mantienes la casa limpia y caliente – dijo Ana -.
Ana ya salía, cuando Pablo la dijo:
- ¡Oye!, solo un favor más.
- Si, dime.
- Encargaté tu de esto – la dijo Pablo mientras la lanzaba el móvil -. Ah! Y de esto - la dijo dándola la agenda-.
- ¿Qué hago con esto? –Dijo Ana-.
- Guardarlo en el primer cajón que encuentres, ya está todo el mundo avisado – contestó Pablo -.
Sin más se despidieron. Pablo tenía tan solo diez días para acabar su novela, así
que sin dilación empezó a escribir, no sin antes encender una pequeña lámpara que situó en la rústica mesa de madera junto al ordenador portátil con un viejo ladrón de tres tomas. Conectada al portátil su inseparable memoria extraíble.
En aquel momento, pensó como se sentiría Mozart componiendo su <
Poco a poco, Alberto, el personaje de la novela de Pablo, iba tomando forma más consistentemente. De la cabeza de Pablo iban surgiendo ideas, pensamientos, razonamientos que ponía en boca de Alberto, como hace un ventrílocuo con su muñeco.
Al final del capítulo IV, el personaje tierno y bonachón, ya empezó a agriarse, todos sus mecanismos de defensa emocional se activaron y la ironía se convirtió en su característica fundamental del personaje. Lo que iba a ser una idílica historia de amor y convivencia se convirtió en un catálogo de formas de hipocresía humana muy variadas.
En el capítulo V, el personaje de Alberto ya había superado el cinismo del personaje encasillado en ese roll desde el principio, el personaje de Rober. El resto de personajes se iban desfigurando quedando para Alberto cada vez más y más espacio.
En el capítulo VI, es Alberto quien se retira a una especie de cueva solo con sus pensamientos. De esa forma, la novela da un giro de 360 grados y convierte a Alberto en protagonista dejando a Amina (la anterior protagonista) en un segundo plano. Esto dio paso a un monólogo interior del personaje de Alberto.
Al principio, el personaje cuestiona sus actuaciones con el resto de personajes de la novela, con la machacona idea de que Rosa, una de los personajes se está riendo de él, le está manipulando y se tiene que vengar de ella como sea. Toda su rabia se canaliza en esa idea.
Pero su paranoia sigue pensando que alguien había puesto ahí a esa persona para amargarle los pocos momentos de felicidad que tenía. ¿Pero quien?, esta pregunta inició su debacle de paranoia misticista.
¿Quién la había puesto allí?. Alberto era agnóstico, al igual que su “creador”, curiosa paradoja teniendo en cuenta los pensamientos que ocupaban en estos momentos la cabeza de Alberto:
- No puede ser que todo el mundo que me rodea tenga un rol tan marcado
pensó Alberto atusándose la barba que ya le había salido desde que estaba en aquella cueva -. ¡Si! Un escritor de vidas. No puede ser, estoy delirando, ¿un escritor de vidas? ¡Que idea más absurda!, sería como creer en un Dios que todo lo puede y todo lo escribe y yo no puedo aceptar esa idea sin más ni más, necesito pruebas. Pero ¿como encuentro pruebas de la existencia de semejante personaje?.
¡Un momento!, ¡ eso es!, haría algo que él conscientemente quisiera hacer. De
este modo si podía hacer lo que él quería, se convencería de que todo había sido un ofuscamiento de su mente, pediría perdón a la gente que había dañado y acto seguido iría a visitar a un psicólogo para ver exactamente que le había sucedido. Pero, ¿como hacer algo conscientemente cuando se supone que todo estaba escrito?. ¡Dios!, había caído el solo en la trampa del debate filosófico del destino y la libertad, ¿como resolvería una incógnita que el Ser Humano llevaba siglos debatiendo sin llegar a una conclusión factible? La cuestión era, ¿cómo estar seguro de que lo que hace era realmente su voluntad? ¡Ya estaba!, haría lo contrario a lo que su mente pensase, así engañaría a su creador. Pero… ¿Qué pasaría si es creador tuviese otro creador, y ese otro y ese otro y así hasta el infinito?, ¡joder!, ¿Dónde pararía eso? ¿Quien sería el creador primigenio? Otra cosa, ¿porqué hablaba en masculino cuando la figura creadora por excelencia era la femenina?
¡Basta ya! (que poco me gusta esta expresión por cierto), me voy a volver totalmente loco, habrá que hacer algo, vamos a ver quien eres, voy a ser más listo que tu, te voy a descubrir, si es que existes.
En el capítulo VI, Alberto decide caminar hacia la entrada de la puerta con todos sus bártulos, ocupando su mente con recuerdos de sus seres queridos: El abuelo Evaristo, de Vero, de Rosa, de Rober y como no las recién llegadas Amina y su niña Minyna, como estarían por cierto, nada más llegar desde Nigeria a él le da una “ventolera” y se va a vivir a una cueva.
Ocupado estaba Alberto en estos pensamientos, cuando al un poco más allá su subconsciente divisó una cueva. Sus pensamientos seguían puestos en el reencuentro con su gente, en el afeitado, en la ducha que se tendría que dar, en la manicura y en que tendría que llamar a su amiga Jennifer para que le aconsejase un nuevo corte de pelo.
A una señal de su subconsciente, Alberto intentó cambiar el paso y dirigirse a la cueva cercana. En aquel momento, algo le impidió mover las piernas, aunque con un esfuerzo sobrehumano consiguió dar varios pasos, momento en el cual tropezó con una roca que segundos antes juraría que no estaba allí. Lentamente, se levantó y siguió hacia la cueva, pero para su estupor, aquella cueva ya no estaba allí y la montaña se fue transformando en un muro gigantesco, se dio la vuelta y el campo se había convertido en desierto y los pinares y las encinas olivos.
Con mucho esfuerzo, caminó hasta un pajar abandonado entre casas en ruinas y allí se sentó entre pajas extasiado. A su alrededor solo se oía de vez en cuando ruidos de tanques, tanquetas y camiones. Alberto, miró para asegurarse de que no había nadie y empezó a hablar de nuevo “solo” pero esta vez dirigiéndose a su creador, el cual ya le había evidenciado su presencia.
- Está bien, ya se que existes, ahora todo está más claro. Pero…¿quién eres?
Eran las cuatro de la mañana, no había ni un sonido a kilómetros a la redonda si
acaso el de los grillos del monte. Pablo había tomado ya una cafetera entera y decidió estirar las piernas y parar unos minutos, lo que acababa de sucederle lo merecía. Lo que había pasado no podía ser verdad, era como si sus dedos no respondieran a su cerebro al pulsar el teclado de su portátil por unos instantes. En fin, las Diositas –pensó -; pero…un momento, ¿de donde había sacado esa expresión? Bueno, tendría que seguir escribiendo, su editor quería el libro para dentro de cinco días.
Nada más volver a sentarse en el teclado volvió a sentir esa extraña sensación de falta de control de sus manos que intentaba dominar, hasta que ya harto de ello, decidió dejarse llevar, abrió un nuevo documento de word y dejó que sus manos se expresasen libremente.
- Está bien, ya se que existes, ahora todo está más claro. Pero…¿quién eres? – escribió instintivamente -.
- Me llamo Pablo, soy escritor ¿tu quien eres? –Escribió Pablo, esta vez conscientemente -.
- Yo soy Alberto, debo ser un personaje tuyo y por lo que puede intuir tengo mucho de ti ya que tú te expresas a través de mí.
- Está bien, supongamos que eres Alberto y no eres una alucinación provocada por tantos días sin dormir. ¿Qué quieres de mi? –dijo Pablo sorprendiéndose de la locura que estaba haciendo -.
- Que me contestes unas preguntas –contestó Alberto -.
- Dispara, te escucho, siempre he estado abierto a las críticas – escribió Pablo -
- En primer lugar, ¿quién es Rosa?, ¿Por qué me siento atraído por ella cuando
se supone que es una persona tan superficial? – preguntó Alberto -.
- No se porque me esperaba esa pregunta mira tú – contestó Pablo con una sonrisa socarrona – Rosa, se supone que es tu ideal imposible de Mujer, tu Diosita –contestó Pablo, pensando otra vez de donde habría sacado el término <
- Aja, - contestó Alberto -. Bien, ahora encaja todo un poco más y tu has puesto a Vero como contra peso de Rosa ¿no?.
- Efectivamente. Se supone que ella iba a enseñarte lo que era el verdadero amor con una Mujer de verdad y no con un ideal irreal – aclaró Pablo -.
- Y Rober es la conciencia crítica que me advierto de lo oscura y cruda que es la vida –aventuró Alberto -.
- ¡Bingo! –le contestó Pablo – Digamos que es el que te da los sopapos para que te despiertes de tu idílica visión.
- Ok, ok. – dijo Alberto mesándose la barba – ¿Y el abuelo Evaristo?. No, no, a ver si adivino. Es la sabia conciencia que me dice el camino a seguir ¿puede ser?.
- Oye, ¿cómo se titula el libro? –preguntó Alberto sabedor, aunque no sabía muy bien porqué, de que le estaba tendiendo una trampa a su creador-.
- <
- ¿Y que pinto yo aquí?, ¿no es ella el personaje principal? – dijo Alberto rematando su faena -.
- Tienes razón, por eso me he atascado con el libro. Me he desviado del tema principal y luego no he sabido como volver a retomarlo –contestó Pablo haciéndose esa autocrítica -.
- De acuerdo - contestó Alberto – una última pregunta. ¿Tu no tienes un creador?
- Si, mi padre y mi madre –contestó Pablo riéndose -.
- Entonces, ¿como es que usas el término Diositas?
Pablo palideció y le entraron sudores fríos. Apagó rápidamente se portátil y fue a
ver si lograba dormir un poco.
A los cinco días, el libro ya estaba en la editorial, listo para corregir, enmaquetar e imprimir. El libro se llama <